jul 11, 2013
Juana

Torturas femeninas

Las mujeres somos torturadoras. Estoy segura, sin duda lo somos. Pero más allá de esos martirios dialécticos a los que sometemos a la pareja o a los hijos, somos las mayores verdugos de nosotras mismas.

Tan auto-exigentes, tan auto-intolerantes, tan auto-analizadoras que parece que nunca nos vamos a permitir ser felices sin más y gozar. Si no estás de acuerdo conmigo haz lo que yo, lee y relee los comentarios a mi post “Lactancia materna: no, no todas podemos”. Se podría hacer un estudio socio-psicológico del prototipo mujer a través de ellos. Y yo me pregunto ¿por qué somos tan intransigentes con nosotras mismas y con las de nuestra especie?

Sinceramente, bastantes zancadillas nos ponen los “machos” para que sembremos tanta animadversión entre las “hembras”. Somos diferentes, creemos en cosas diferentes, actuamos de forma diferente, pero tenemos algo en común. Todas somos mujeres, muchísimas estamos todavía en la segunda línea y otras muchas somos mamás, y tenemos ese sexto sentido del que sólo goza algún papá. ¿Acaso no son suficientes cosas en común como para dejar de juzgarnos? De juzgarnos unas a otras y a nosotras mismas, ojo.

Tanto nos juzgamos que hemos conseguido estigmatizarnos como mamás. Parece que en el mundo sólo hay dos tipos de madres: las que dan teta y las que no la dan. Y ambos tipos están estigmatizados. Un conjunto de madres discrimina al otro y viceversa. Si das teta eres una radical y si no la das eres una cómoda. Como yo he sido de las que dan y de las que no dan y de las que dan a medias, me considero en la puñetera intersección. Donde deberíamos militar todas. Que das teta, enhorabuena, es lo mejor, seguro. Que no la das, enhorabuena, vívelo con calma, no eres una asesina de niños. Y punto. Que si las leches de fórmula llevan poco menos que veneno y que todas podemos y si nos esforzamos lo conseguiremos y bla, bla, bla. Pues yo me considero luchadora y no siempre consigo aquello que quiero. Tengo sueños y proyectos y peleo por ellos, pero no todos salen, como no salían lácteos de mis mamas.

Ni soy cómoda ni superficial. Soy yo, una mujer madura (a mi pesar) y madre con dos hijos una perra y un marido que adiestrar (adiestrar sí, a todos). Y encima trabajadora, tan difícil para mí conciliar como para vosotras. Y no leo, no, NO LEO, aunque resulte vergonzoso admitirlo. No encuentro tiempo para ojear ni el prospecto del Dalsy. ¿Que me organizo fatal?, pues seguro, ¿qué tú lo haces mejor?, ¿ya me estás juzgando? Y me cuesta encontrar tiempo para lavarme la cabeza, planchar la ropa de los niños (no ya la mía) o pintarme las uñas. Y no me voy a un spa a relajarme ni me doy masajes. Y no porque no me lo merezca sino porque no encuentro tiempo para ello.

Vivo en un círculo vicioso del que no soy capaz de salir porque no encuentro el punto de partida ni el de salida. Y quizá viva como tú, en una vorágine complicada en que vas sin aliento, a cien y a dos por hora al mismo tiempo. A cien porque no llegas, y a dos por hora porque ralentizas tu tiempo todo lo que puedes para exprimir esos maravillosos años con tus pequeños. Porque la maternidad es mágica y los momentos se escapan y la vida se esfuma y los niños crecen y todo pasa. Y pese a vivir en ese Maelstrom, no quieres salir de él porque es sencillamente lo mejor que te ha pasado. Y lo último que debemos hacer es torturarnos todo el rato, exigirnos ser las mejores profesionales, madres, amamantadoras, parejas, amas de casa, hijas y amigas. Somos lo que podemos y hasta donde podemos llegar. Y creo que debemos erradicar ese concepto de Superwoman. No soy una Superwoman, no.

¿Y sabes por qué? Pues porque mi pareja (marido y padre de mis hijos) no aspira a ser un Superman. Es lo que es y lo veo tranquilo, disfrutando de la vida, mientras dure.

Pues yo igual.

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