may 7, 2012
Cruz

¡Por fin es lunes!

Adoro los lunes. Sí, amigos. Después de un largo fin de semana, en el que no he tenido tiempo de leer, ni de dormir, ni de ir al cine, ni de ir a comprar. Hoy, por fin es lunes, las niñas se van al cole y yo vuelvo, un poco a mi vida.

Porque yo también tengo derecho a trabajar un poco. Vamos, digo yo.
Ya sé que suena raro, pero el lunes es mi día favorito. Sobre todo si te has pasado el fin de semana arrastrando a tus hijas de parque a parque, evitando las lluvias y los truenos. Si superas un domingo negro, está todo hecho. Porque al final, los lunes, siempre sale el sol. Lo digo por propia experiencia. En casa, hemos tenido domingos que hubiéramos vendido a nuestras hijas en el mercado negro. Pero, ¿qué pasa los domingos por la tarde?, ¿por qué son así? Bueno, realmente no se conocen las causas de estos domingos por la tarde, pero ya en los principios, se vio que la cosa no iba a ir bien. Dios utilizó el séptimo día para descansar y no hacer nada. Pues sería por algo. No hizo nada y la fastidió.

Por eso los domingos por la tarde están hechos de aburrimiento, de cansancio, de coladas por hacer y de menús por diseñar. Las niñas, que lo saben todo, intuyen este odio irrefrenable y les da por ofrecer su peor cara: no quieren vestirse, no quieren comer, no quieren dormir la siesta, no quieren bañarse y se vuelven tiranas. Y es que, si no puedes ir al cine los domingos por la tarde, ¿para qué están?

Dejo esta reflexión para reivindicar la riqueza de los lunes. Durante muchos años, no lo vi así. Pero hoy, por lo menos para mí, suponen la calma después de la tormenta.

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